24 Aug 2010

Impulsus

(Cadaver exquisito experimental mostrando el último párrafo)
Gris: INF3RN0. Azulito: ThisBandit. Verdoso: Sagos 
 

Ya estaba comenzando a olvidar lo que se sentía estar en el exterior, lo sueños recurrentes acerca de su vida anterior estaban perdiendo fuerza. A veces se asomaba por la ventana cuando escuchaba a alguien salir a morir quemado por los gases asentados luego del advenimiento; pero no lo hacían por querer morir sufriendo, sino por el desespero al encierro o por locura.
 
El problema de estos gases además de producir una muerte agonizante, es que si se está expuesto por poco a tiempo a ellos (lo suficiente para no matar), logran degenerar el sistema nervioso central alterando la conducta del individuo hasta el punto de la psicosis. Ocho años atrás era común ver grupos de personas matándose entre sí sin sentir ningún tipo de dolor, golpeándose, devorándose hasta morir desangrados, desmembrados y sin órganos; esto debido a que se carecía de un sistema de aislamiento entre el exterior y las compuertas de salida provocando la filtración de los gases, pero luego se implementaron cámaras herméticas que “han reducido la probabilidad de contaminación en un 99%” según claman, pero los hechos develan otro escenario.

Hace diez años que está confinado a los complejos interconectados y subterráneos; el oxígeno es depurado por medio de un conjunto de filtros especiales que -teniendo en cuenta la rapidez de su instalación prima- parecen haber sido desarrollados tiempo atrás como previendo lo ocurrido.

Sin embargo, luego de contar los días, los meses, los años de una solitaria vida recorriendo aquel extenso, húmedo y oscuro laberinto de pasillos, pasajes y pasadizos, el pensar que alguien hubiese anticipado aquel singular evento y solo se hubiera dedicado a lucrarse con una descomunal franquicia de filtros para aire, sonaba a una idea descabelladamente cruel. Pero había que aceptar que no dejaba de ser una idea, descabelladamente humana.

Diez años, rodeado de moho y vapor. Diez años añorando el recuerdo del último atardecer marino. Y de despertar una y otra vez con la respiración agitada, creyendo escuchar el suave murmullo del sonido de unas olas que mecen el insomnio de una humanidad ya extraviada. Una que todavía cree, durante ese pequeño instante antes de abrir los ojos, que la humedad en su cuerpo es causada por una fresca brisa salina y no por el sudor frío que produce una claustrofobia todavía en estado larval.

Sin embargo, de nada servía estar convencido de que media vida bajo tierra había sido suficiente, la otra opción era una superficie devastada y tóxica de la que únicamente se podía reciclar un aire pútrido, que a pesar del sistema de purificación instalado en los diversos complejos, se sentía sucio y viciado, pero aún así, lo suficientemente respirable como para continuar con la extenuante labor que implicaba el construir un nuevo nivel, uno más grande y profundo.

 

Después de varias semanas la nueva cámara estaba casi lista. Pero cierto día, apenas armó su taladro para trabajar en el punto programado, comenzó un terrible temblor. Se dio como un terremoto normal y él quiso seguir el procedimiento de rutina, correr para salir a gatas por el pequeño túnel de emergencias pero una gran roca filosa había roto las protecciones extra y lo bloqueó de forma que le permitía respirar pero no salir. Ocurrían temblores varias veces al año. Pero ninguno era muy fuerte ni duraba más de 30 segundos.
Se recostó en posición fetal y trató de olvidar los ruidos. Cerró los ojos. Ahí le vino la imagen del final de una tarde. El pequeño sol se ocultaba amarillo-anaranjado-café detrás de picos nevados muy lejos. Fueron unos besos delicados en el borde de sus labios los que lo despertaban de una siesta en el campo. Entonces la abrazó. Ella se sentó sobre sus piernas. El se sentó también y puso su mano entre la falda. Palpó todo su trasero mientras la besaba. Le pareció que era muy suave.
En ese instante fue donde pareció que el sol subía de nuevo. Se puso rojo, grande y la tierra tembló.

Duró unos tres minutos.
Apenas los ruidos cesaron se devolvió a la cámara y tomó su linterna del taladro, los derrumbes habían bloqueado las entradas a la cámara, el suministro de energía y el sistema de aireación principal, por lo menos le quedaba ese respiradero, tenía agua y comida para ese día, sin comunicación debía regresar al complejo superior por sus medios.

Por la compuerta izquierda se alcanzaban a escuchar grito s de ayuda y desesperación de algunos que habían quedado atrapados entre los escombros y que eran atacados por los alcanzados por los gases. No había manera de ayudarlos, y el poco tiempo que había era necesario emplearlo buscando un escape. A un metro fuera de la compuerta del ala derecha logró ver una vara que le serviría para abrirse paso por entre las rocas; cuando se agachó y estiró su brazo para alcanzarla, una mano se aferró a él como si quisiera desmembrarlo.

Pero no lo pensó dos veces, de un solo tirón se zafó de aquel mudo clamor de auxilio y alcanzó la vara, para luego alejarse rápidamente; no quería imaginar quien podría ser el dueño de aquella extremidad, que en ese instante perdía su última oportunidad de seguir vivo, porque sabía que de hacerlo seguramente ambos perecerían.

Después de unos días de pensar mucho, y cuando se recuperó de todo aquello, tomo un traje con máscara, provisiones e hizo lo necesario para abrir una compuerta y salir a la superficie.
Activó su radar y escogió una ruta. El sol no se veía, pero sí un gris más claro por encima de las nubes. En el peor de los casos podría parar unos días en otro complejo antes de seguir.
Sus pasos eran blandos por los centímetros de polvo que cubrían el suelo.

16 Jun 2010

Despertar - 3 -

Los dados de Dios
Recogió las cuatro figuras volumétricas con su extremidad izquierda, y sin sacudirlas, las lanzó contra el cúmulo de galaxias más grande que se movía imperceptible en la oscura inmensidad del gigantesco tablero.

Ingresó con pasos lentos e inseguros, al tiempo que observaba desconcertado el extraño acabado arquitectónico del lugar.
-Entonces… ¿Esto es todo?- preguntó, algo ansioso pero con un leve dejo de desilusión.
-¡O no! Claro que no. Hay mucho, mucho más, tanto que…- la voz se detuvo. Y al continuar, él pudo notar como el tono de la misma se impregnaba con algo de duda y fastidio-. No me lo tomes a mal. Pero, lo cierto es que ni siquiera vale la pena el esfuerzo de intentar darte a entender la magnitud de todo lo que hay. ¡Pero oye!- el tono sonó burlón esta vez-. Aquí me tienes. Nadie, de entre los tuyos, podrá jamás decir lo mismo.
-¿Si? bueno, no se perderán mayor cosa- interrumpió sarcástico y un poco molesto por la sinceridad de la respuesta.
-Si tú lo dices… - agregó aquella voz, en tono condescendiente.
El eco de las últimas palabras resonó levemente antes de extinguirse. Mientras, él seguía mirando de un lado a otro la inmensidad de aquel sitio, intentando grabar en su mente cada una de las formas que adornaban las gigantescas paredes.
-Así que… ¿Realmente eres tú?- le interrogó.
-Preguntas cosas para las que ya tienes respuestas. Creo que esto fue una mala idea.
-¡Oye! Fue tú idea.
-No, no lo fue.
-¿Es tanto pedir una respuesta directa?
-Como quieras chico. Es tu tiempo-. Un suspiro de resignación se dejó escuchar y continuó-. Soy lo más cercano a una representación física que pueda adoptar, para presentarme fielmente en tu estado de realidad, de forma tal que las repercusiones de este encuentro no afecten otra cosa distinta a tu memoria. En pocas palabras, ya que estoy limitado a ellas en este instante… Un poco más de mi frente a ti, sería transformarte a ti en una obtusa nada ante mi. ¿Y no queremos eso? ¿O si?
-¡No!-. Sin embargo tardó algo en responder, y obviamente, sabía que su duda había sido percibida-. ¡Claro que no!-. Se apresuró a declarar nuevamente, intentando convencerse más así mismo que a su interlocutor.
-¿Algo más?- esta vez la voz sonó impaciente.
-La verdad, creo que es todo lo que una vez pensé que sería. Realmente no tiene mucho sentido hablar contigo- afirmó algo desanimado.
-Bueno, el sentimiento es mutuo.
La respuesta no lo disgustó, pero lo hizo sentirse como un desahuciado que encontraba una última y recóndita necesidad de seguir viviendo, una necesidad que solo haría más dolorosa su agonía. Así que decidió no callar aquel momento, aun sabiendo que estaba de sobra el intentar vocalizar todo aquello que sentía y pensaba.
-Nunca comprenderás la soledad, el vacío, la descomunal sensación de ausencia que desesperadamente buscamos llenar con lo que encontramos más conveniente. No entiendes que es un completo caos allí abajo y nada de lo que hacemos parece tener sentido y sin embargo continuamos incansablemente intentando encontrárselo a algo.
-¡Si lo comprendo!- se apresuró la voz a replicar-, créeme. Lo entiendo, otra cosa muy distinta es que no me interese.
-¿Como puede ser eso posible?- se odió por la credulidad que implicaba aquella pregunta.
-Lo pondré de esta forma- respondió la voz-. Un cocinero comprende de matemáticas. Entiende que uno y uno son dos, pero tú y yo sabemos que además de usar los números para sus recetas, no tendrá jamás un mayor interés en la complejidad de la aritmética pura.
-¿Acaso podemos ser tan complejos?- preguntó, intentando darle algo de crédito a su especie.
Una carcajada resonó atronadora, y todo el lugar dio la sensación de tambalearse un poco. Sintió que su cabeza podría explotar allí mismo, y como un reflejo de supervivencia se llevo las manos hacia esta, cubriendo sus oídos, intentado apaciguar aquella extraña sensación que sin embargo no le causaba ningún dolor. Paulatinamente la estruendosa risa fue disminuyendo hasta que finalmente se detuvo. Se descubrió los oídos y bajo sus brazos. Aquella voz finalmente respondió.
-El cocinero no estudio aritmética porque le pareciera compleja, simplemente la encontró… aburrida.
Un silencio inundó el lugar.
-Creo que es hora de irme- dijo, a la vez que daba media vuelta para buscar el lugar por donde había ingresado-. Lamento realmente que nos encuentres tan tediosos como para que no puedas poner un poco más de atención a lo que sucede.
-¡Hey! no puedo hacer más de lo que ya hice- sentenció la voz, buscando algo de comprensión.
- Te creo- concluyó él, mientras iniciaba su camino hacia la salida-. Espero que los demás puedan entenderlo algún día.
-Bueno, siendo sincero contigo, me tiene sin cuidado pero, si lo logran, tal vez sería interesante verlo.
-Supongo que esta es la despedida entonces.
-Nunca se sabe chico, nunca se sabe.
-Adiós- termino diciendo, un tanto apesadumbrado.
-¿A mi?
La respuesta a su despedida, en forma de pregunta, hizo que se detuviese en la entrada y observará por encima de su hombro a quien le hablaba.
-Era broma- agregó la voz-. Sé que no te hizo gracia. Vete ya.

Thisbandit
12 Jun 2010

Despertar - 2 -

 

Sólo en ese instante pude entenderlo. Nada de lo que había acontecido antes de ese fugaz momento había logrado otorgarme la misma capacidad de comprensión. Y en medio de ese gigantesco vacío que sus palabras creaban en mi interior, una minúscula partícula de agradecimiento también surgía.

Ya nada de lo que pudiera hacer o decir podría generar en ella la indiscutible sensación de necesitarse estrechada por mis brazos, o de ahogar su deseo con mis labios.
Era otra, y dolorosamente pude entender que yo, muy a mi pesar, no había cambiado. Encendió otro cigarrillo, yo no apuré el último sorbo del café que impasible continuaba perdiendo temperatura.

Me supe perdedor de aquello que una vez pensé, no deseaba tener. Y ya no importaba cuanto fuese mi anhelo de retomar. La sentencia salió firme y clara de su boca, más intangible que el humo, pero permaneciendo en el aire por más tiempo que el hedor del tabaco quemado.

 

Thisbandit

Nictalopes's Posterous

Habitantes del salón nictálope

Contributors

Daniel Sagos